¿Quién puede describir la felicidad de un matrimonio contraído en presencia de la Iglesia y sellado con su bendición? ¡Qué yugo tan dulce es el que une a dos creyentes en una esperanza, una manera de vivir, una promesa de lealtad, y un servicio a Dios!
Son hermano y hermana, ambos ocupados en el mismo servicio, sin ninguna separación de alma y cuerpo, sino como dos en una sola carne. Y donde hay una sola carne, también hay un solo espíritu. Juntos oran, juntos se arrodillan: uno enseña al otro, y uno es indulgente con el otro. Están unidos en la Iglesia de Dios, unidos en la mesa del Señor, unidos en la ansiedad, en la persecución y en la recuperación. Compiten en servir a su Señor.
Cristo observa y escucha, y con gozo les manda su paz, porque en donde están reunidos dos en su nombre, allí está Él en medio de ellos.
El matrimonio es mas que un enlazo entre marido y mujer.
3/11/07
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